Higiene

La higiene para la salud: la sauna

De la sauna se ha hablado mucho, pero pocas personas saben exactamente que es y como actúa. No es un baño de vapor, ni de emanaciones, ni el baño turco, sino un baño de aire caliente pero seco, y es precisamente en esta característica sequedad donde resden todas sus virtudes. - Photo by Denny Müller on Unsplash

La Sauna

De la sauna se ha hablado mucho, pero pocas personas saben exactamente que es y como actúa. No es un baño de vapor, ni de emanaciones, ni el baño turco, sino un baño de aire caliente pero seco, y es precisamente en esta característica sequedad donde resden todas sus virtudes. Se observa con frecuencia que el calor es mucho más soportable en una atmósfera seca que húmeda, como ocurre en la montaña, donde el aire es puro y sin bruma y, aunque el termómetro marque 35 grados centígrados, se siente un agradable bienestar, mientras que a esa misma temperatura, con el aire saturado de humedad, lo normal es hallarse molesto, sin fuerzas y con la cabeza pesada.

En la sauna, debido al grado higromético excepcionalmente bajo (de 5 a 18 por ciento; cuando la media de una vivienda es de 45 a 75 por ciento) se llegan a soportar temperaturas elevadísimas, de 75 a 80 grados centígrados de media, y a veces 90 o 100 grados centígrados (120 grados en las saunas de Finlandia).

La cabina

Para lograr un ambiente tan bajo de humedad, todos los elementos de las cabinas de la sauna son de madera, desde los tabiques y las puertas, que son de abeto rojo del norte o de pino de Oregón, hasta las camas, bancos y espalderas, que son de madera de álamo temblón, una especie muy porosa que no se recalienta, por lo que se puede permanecer sentada o tambada sin sufrir quemaduras en la epidermis.

El interior de la cabina está escalonado con peldaños que llevan hasta una plataforma donde el saunista puede instalarse cómodamente. En uno de los ángulos se encuentra el hogar, que puede ser un fuego hecho con leñas o, como se hace en las instalaciones modernas, una caldera de metal, preferentemente eléctrica, en la que se amontonan piedras, por lo general volcánicas, o cantos rodados, que al ponerse incandescentes alcanzan una temperatura de 300 grados centígrados.

De vez en cuando las piedras se mojan con un poco de agua y despiden una corriente de aire húmedo que evita que la sequedad del ambiente sea excesiva, aunque, debido a la calidad de la madera de los tabiques, se resorbe inmediatamente. En algunos países se suele instalar en las saunas un generador de ozono, ya que este tiene la propiedad de irse transformando poco a poco en oxígeno y hace que el aire se renueve y adquiera un agradable aroma de montaña o de campo, pero los finlandeses no lo consideran ortodoxo.

El baño

Cualquier momento es bueno para tomar una sauna, por ejemplo por la mañana, después del desayuno; antes de hacerlo es conveniente darse una ducha a temperatura normal, queno tiene más finalidad, aparte de la simple higiene, que la de calentar las extremidades para no entrar en la sauna con ellas frías. En la primera sesión, la temperatura no puede ser muy elevada, de 50 a 60 grados centígrados, y posteriormente se va aumentando de manera gradual.

Poco a poco se comienza a sudar, y es entonces cuando los finlandeses se azotan unos a otros con ramas tiernas de abedul para activar la circulación o, como se suele hacer habitualmente, se dan fricciones por todo el cuerpo con un guante de crin, operación que, si se desea, puede repetirse una o dos veces; para ello se puede reposar unos minutos, a continuación rociar las piedras y, después de haber transpirado abundamentemente, friccionarse de nuevo. A la salida debe tomarse una rápida ducha fría, empezando por los pies y en sentido ascendente; los finlandeses toman un baño en un lago helado o se tumban y se dejan rodar por la nieve.

A continuación resulta muy agradable descansar en una habitación tibia, recostada y sin más abrigo que la bata y una manta para taparse. La sesión puede terminarse con un buen masaje.

La acción de la sauna en el cuerpo

La acción de la sauna no puede ser más beneficiosa en todos los sentidos, pues además de proporcionar un inigualable bienestar, elimina la rigidez de los músculos, desintoxica, mantiene la forma física, estimula la circulación, restablece el equilibrio nervioso y glandular y proporciona cierta euforia, no solo física, sino mental. Además, la sauna da una sensación de sosiego y reposo, facilita el sueño y al mismo tiempo tonifica y estimula el cerebro.

Pero eso no es todo; la sauna es también una auténtica cura de belleza, pues el calor ambiente actúa sobre la epidermis, dilata los poros y hace que el sudor arrastre las toximas que los taponaban, por lo que el cutis se revitaliza y gana en lipieza, fortaleza y frescura. A esta práctica deben en parte los escandinavos su tez clara y luminosa.

La sauna tiene, además, un papel insustituible en el tratamiento de ciertas dolencias, como en los casos de reumatismo crónico agravado por la retención e toxinas, ciáitca, neuralgias, alguans afecciones glandulares, enfermedades de la piel y agujetas. Es también un eficaz remedio contra los resfriados, elimina la fiebre y, por último, hace perder peso, ya que atenúa la celulitis, que es otra enfermedad de intoxicación, y aumenta el efecto de los regímenes de adelgazamiento; también es aconsejable para las delgadas, porque restablece su equilibrio galndular y nervioso.

Cuando se piensa en los cabios bruscos de calor y de frío de la sauna, es fácil imaginar que deben producir una fuerte impresión en el organismo, pero esto no es cierto; los médicos han tratado sistemáticamente de descubrir sus contraindicaciones y solo una persona entre mil es alérgica, es decir, no puede soportar esta atmósfera. La sauna, que acelera el ritmo del corazón hasta 100, a veces 130 pulsaciones por minuto, no es aconsejable cuando se padece alguna afección cardiaca o pulmonar, e igualmente está contraindicada durante el embarazo y en los casos de sinusitis crónica.

Por último, la sauna es una práctica que data de hace miles de años, como lo demuestran los vestigios de más de 3.000 años de antigüedad encontrados en lugares de Rusia, China y Pompeya. Hoy día en Finlandia existen 500.000 públicas o particulares, para sus 4 millones de habitantes, y en los demás países el número de ellas crece día tras día.