Higiene

Higiene del cuerpo: nariz, orejas, boca y dientes

La higiene del cuerpo cubre, principalmente, cuatro partes muy importantes en el cuerpo de una mujer: nariz, orejas, boca y dientes - Photo by Alexander Krivitskiy on Unsplash

Higiene de la nariz

La limpieza de la nariz no es algo sencillo como pudiera parecer, pues las fosas nasales son una auténtica encrucijada en el complicado laberinto del cuerpo humano. Estas fosas comunican con la faringe, relacionada a su vez con el oído y hueso mastoides, por un lado, y la laringe y la tráquea, continuada en los bronquios, por otro. Este conjunto de cavidades encierra numerosos gérmenes que adquieren virulencia al sobrevenir alguna infección (catarro nasal), con lo cual se corre el riesgo de que esta se propague rápidamente. por eso conviene vigilar muy de cerca el buen estado de la nariz, aunque esto no quiere decir que sea indispensable un limpieza a fondo cotidiana. Pero lo que sí es muy importante es aprender a sonarse bien (y enseñárselo así a los niños). No hay que soplar nunca por los orificios nasales a la vez ni bruscamente, pues de esta forma el aire se precipita en la trompa de Eustaquio y arrastra las mucosidades al oído medio, lo cual puede ser origen de una otitis. Lo correcto es soplar por una sola ventana, mientras la otra se mantiene cerrada por la ligera presión de la mano. El soplo ha de realizarse siempre con la mayor suavidad, sin contraer para ello el abdomen.

Aun cuando no se tenga catarro ni se sienta necesidad, es necesario sonarse regularmente, puesto que esta operación permite expulsar las impurezas que han penetrado en la nariz y también respirar por una nariz bien despejada, siempre más higiénico que hacerlo por la boca. Al pasar así, el aire se caliente, humedece y esteriliza (el mucus y las pestañas vibrátiles que tapizan la mucosa retienen el polvo y los gérmenes) y, al volver a pasar por la nariz al tiempo de espirar, la limpia en parte de las impurezas antes depositadas.

De todas formas, tampoco hay que abusar; el sonarse muy fuerte y demasiado a menudo congestiona la mucosa y las cavidades corren peligro de inflamarse. Ni que decir tiene que es un disparate prestar o tomar prestado un pañuelo y que es absolutamente necesario utilizar siempre uno bien limpio. Si se vive en una atmósfera bastante seca, conviene aumentar su grado de humedad en lo posible, porque si las mucosas de la nariz se secan demasiado, pierden el poder filtrante que poseen y se vuelven irritables.

Por último, cuando se sienten los primeros síntomas de catarro, es aconsejable aspirar los vapores de suero o agua hirviendo con un 8 por 1.00 de sal (una cucharada sopera por cada litro de agua), puesto en una vasija o empapando una compresa. Resulta un método preventivo excelente y además inofensivo, lo cual no siempre puede decirse de ciertas gotas que a veces se emplean imprudentemente.

Higiene de las orejas

Las orejas tantas veces cantadas por poetas y novelistas como un “delicioso encuadre del rostro”, exigen -por bonitas y perfectas que parezcan- un cuidado minucioso y prudente. El exceso de manipulaciones irrita esta región tan delicada, y la ausencia total de cuidados a la larga es perjudicial. Cada mañana es preciso limpiar los repliegues del pabellón y retirar del conducto los restos de cera acumulados que, de dejarse ahí, pueden entorpecer la audición. A veces sucede también que, después de lavarse, se experimenta cierta sordera, debida a que el agua, al penetrar en el oído, reblandece el cerumen y lo deposita más profundamente. De todas formas, no deben emplearse nunca esponjitas colocadas en la punta de un palillo, porque luego son muy difíciles de limpiar y por eso resultan fuente de infecciones crónicas o de eccema del conducto; además, en lugar de extraer el cerumen, lo hacen retroceder. Tampoco hay que utilizar instrumentos puntiagudos e irritantes (cerillas, varitas de metal, alfileres, etc.), ni agua fría a presión, pues esta irrita inútilmente la membrana del tímpano y no hace expulsar el cerumen. El mejor método consiste en enroscar un trozo de algodón, no demasiado prieto, en una varita del tipo de una cerilla, formando con él un tapón fusiforme que sobresalga del extremo aproximadamente un centímetro, de modo que no hiera el tímpano. A continuación, empaparlo en glicerina y pasarlo suavemente por el conducto a fin de reblandecer el cerumen, que se puede retirar fácilmente a la mañana siguiente con ayuda de un poco de agua templada. Para una limpieza más completa, el algodón puede empaparse en alcohol.

En caso de que la secreción del cerumen sea más considerable de lo normal, es mejor dejar que otra persona se encargue de introducir glicerina yodada o agua oxigenada en el interior del pabellón, con lo cual se reblandece la cera y, uno o dos días después, puede procederse al lavado con una jeringa.

Estas dos maniobras exigen cierta habilidad; en primer lugar, para la instilación, consistente en verter el líquido en la cavidad directamente o con un cuentagotas, teniendo siempre en cuenta que el conducto auditivo no es recto, sino que tiene recodos y que, por tanto, es necesario tirar un poco de la oreja arriba y abajo para que el líquido penetre bien hasta el tímpano. Una vez hecho esto, es preciso mantener la cabeza inclinada del lado opuesto a la instilación y, antes de volver a la posición normal, poner un tapón de guata en el conducto.

En cuanto al lavado, es preciso introducir el líquido lenta e intermitentemente y secarlo enseguida con un poco de algodón. Pero, antes de hacer nada, hay que esterilizar el agua y ponerla a una temperatura lo más parecida posible a la del cuerpo. Este detalle de la temperatura del agua es muy importante, puesto que de estar demasiado caliente produce dolores, y muy fría causa una impresión demasiado fuerte. El mejor modo de comprobar si se ha logrado la temperatura deseada es poner una gota en el pabellón de la oreja y apreciar así personalmente si se han conseguido los grados precisos.

En caso de que no se trate simplemente de cera, sino que algún cuerpo extraño se haya introducido en el interior del oído, no es aconsejable tratar de sacarlo una misma, y mucho menos con ayuda de unas pinzas o con un ganchillo. Pero si en último extremo no queda más remedio que hacerlo sin ninguna ayuda, lo mejor es inyectarse agua templada, salvo en casos de cuerpos que se hinchen al mojarse (corchos, semillas, etc.). Si se trata de un cuerpo vegetal, debe introducirse primero alcohol de 90 grados centígrados y luego lavar con agua templada. Cuando el cuerpo extraño es un insecto o cualquier otro animal vivo, deben paralizarse inmediatamente sus movimientos con ayuda de un poco de aceite esterilizado, aunque siempre es más seguro acudir a un especialista, que puede matarlo con un poco de éter o de cloroformo y extraerlo después con agua templada.

Higiene de la boca

No siempre es bueno profundizar en las cosas. Si se piensa que, por ejemplo, la boa, tan directamente abierta al exterior, es una verdadera reserva de microbios (es la cavidad natural que más especies alberga; nada menos que noventa, sino más) y que la acumulación de desperdicios de alimentos entre los dientes favorece su desarrollo, se teme inmediatamente que la boca sea el origen de numerosísimos males. Afortunadamente, la naturaleza sabe muy bien como hacer las cosas y la saliva tiene un poder antiséptico que protege las encías y las mucosas. De este modo, cuando el medio está equilibrado, es decir, las vegetaciones y las amígdalas se hallan en buen estado y filtran los gérmenes, y cuando los dientes están sanos y son despojados regularmente del sarro, que es un peligro permanente de infección, los microbios resultan inofensivos.

Sin embargo, todo esto no descarta la necesidad de unos cuidados constantes para impedir la inflamación de la boca, que favorece las caries. Hay dos precauciones imprescindibles si se quiere conservar la boca en buen estado:

Provocar la producción de saliva masticando durante el día alguna sustancia que la estimule. Pero a pesar de lo que pueda parecer, lo menos recomendable es el chicle, pues, aparte de no ser nada elegante, a la larga provoca inflamaciones de estómago (gastritis). En cambio, es bueno masticar regaliz o malvavisco, que son menos irritantes, o limón, que en contra de lo que suele creerse, a pesar de su acidez, no es nocivo para los dientes.

– Otra observación muy importante es masticar bien la comida.

Además de los cuidados hasta aquí enumerados, es preciso vigilar la pureza del aliento, constantemente amenazado por múltiples peligros y actos de la vida cotidiana. Por ejemplo, fumar o beber en exceso, ingerir con la comida demasiados condimentos aliáceos, como el ajo, la cebolla y los cebollinos, tomar ciertos medicamentos a base de eucaliptos o cloral y, sobre todo, descuidar el cepillado de los dientes, especialmente a la noche.

En caso de trastornos de salud, solo la curación devuelve la pureza del aliento. Así pues, el más indicado para descubrir la fuente del mal, que a veces resulta misteriosa, es el médico. En las demás ocasiones, dado que nadie o casi nadie va a dejar de fumar o tomar el aperitivo para conseguir mejor aliento, lo que debe hacerse es tratar de neutralizar esos inconvenientes. Para ello existen una serie de remedios caseros que siempre dan buen resultado:

Enjuagarse la boca frecuentemente o hacer gargarismos con clorato de potasio (2 gramos por 100), una infusión de hojas de nogal o agua dentífrica.

1.- Chupar pastillas de clorofila y menta.

2.- Masticar un poco de clavo, de perejil, unos granos de café o una manzana.

3.- En verano, estas sustancias pueden sustituirse por una hoja de menta, de efectos más refrescantes.

Los olores de ajo y cebolla son los más difíciles de neutralizar, pues, una vez digeridos aquellos vegetales, sus esencias volátiles pasan a través de las vías digestivas hacia las respiratorias y se exhalan por los pulmones. Los remedios enumerados anteriormente, si bien no sirven para suprimirlos totalmente, siempre reducen un poco los olores.

De todas formas, lo más sencillo y eficaz resulta pulverizar la boca con un elixir “purificador” de aliento, que se puede comprar en cualquier farmacia.

Higiene de los dientes

Hay un viejo adagio que dice: “no se sabe qué es la salud hasta que se pierde”, y nunca es más cierto que cuando se aplica al caso de los dientes. Todo el que ha sufrido dolores de muelas o dientes conoce el valor inapreciable de una dentadura sana, pues este tipo de males produce un dolor de una intensidad desproporcionada con su gravedad real. Las caries dentales pueden también constituir un foco de infecciones a distancia, bien conocido por médicos y dentistas, que van desde la sinusitis hasta la artritis de la rodilla. Pero no se trata tan solo de una cuestión de salud, sino también de estética; aunque es cierto que una sonrisa simpática gusta y reconforta incluso con una dentadura imperfecta, unos dientes sanos le dan siempre un encanto mucho mayor.

Conviene cepillar los dientes tres veces al día: después de desayunar, después de comer y, en especial, antes de acostarse. Si no se eliminan los restos alimenticios por la noche, durante las horas de descanso se operan transformaciones ácidas, debidas a que, como no fluye la saliva, no puede limpiar las mucosas; además, los glúcidos (azúcares y féculas) se degradan en ácido láctico que ataca a los dientes. Otro aspecto importante es la elección del cepillo, que debe ser preferentemente de pelo natural (de jabalí o cerdo) y de forma cóncava para que llegue más fácilmente hasta los molares. En caso de emplear cepillo sintético, es preciso elegirlo de puntas suaves y redondeadas, de modo que no raye el esmalte ni dañe las encías.

En principio, las cerdas deben ser bastante duras, porque se reblandecen enseguida al contacto con la pasta y el agua. Cada miembro de la familia debe tener su propio cepillo y encargarse de aclararlo y secarlo bien después de cada uso.

Para unos dientes sanos puede emplearse cualquier tipo de dentífrico, siempre que no sea abrasivo (los dentífricos medicamentados no deben emplearse más que bajo prescripción del dentista para ciertos casos especiales). Lo más aconsejable es utilizar pastas saladas, ya que aumentan la secreción de saliva y, al atenuar la sensibilidad del cuello (parte del diente situada junto a la encía), fortalecen las encías. Si en alguna ocasión se presenta el problema de falta de dentífrico, este puede sustituirse por agua salada. Las pastas que contienen antisépticos o detergentes fuertes disminuyen la producción de sarro, pero a menudo son demasiado irritantes; además, la saliva elimina rápidamente su sustancia activa. Los dentífricos con flúor son muy indicados para los niños, porque en cierta medida sirven para prevenir las caries.

Aunque todo el mundo se lave los dientes a diario, no siempre se sabe hacer correctamente; el mejor modo es colocar la pasta en los dientes con la punta de los dedos y cepillar después con el cepillo seco, para que el dentífrico quede tan puro como sea posible, sanee el medio bucal, desengrase y abrillante los dientes. Las personas de encías muy sensibles pueden mojar un poco el cepillo o frotar únicamente con los dedos. La dirección del cepillado debe ser siempre de arriba abajo y viceversa, pues de hacerse horizontalmente, los restos de alimentos se incrustan entre los dientes y la base se desgasta. Es además preciso cepillar durante dos o tres minutos, sin olvidar la cara posterior de los dientes, y aclarar después con agua a la temperatura del cuerpo.

Las personas que, por comer fuera de casa, no tienen posibilidad de lavarse los dientes después de la comida, pueden mantenerlos limpios tomando para postre un alimento duro y crujiente, cuyas fibras desempeñen un papel limpiador, por ejemplo, manzanas, nueces, etc.

Un sistema para blanquear la dentadura sin ningún peligro de estropearla consiste en emplear una mezcla de zumo de limón con bicarbonato de sosa del siguiente modo: mojar el cepillo en el zumo de limón y espolvorear encima un poco de bicarbonato, procediendo a continuación al cepillado. Sin embargo, no es bueno realizar esta operación más de dos o tres veces por semana. Da también muy buen resultado cepillar los dientes con el cepillo húmedo y untado en polvos de licopodio, pues absorben los restos resinosos fijos sobre el esmalte.

Hay que emplear siempre con cierta prevención las pastas con colorantes para enrojecer las encías y los polvos “blanqueadores”, puesto que a pesar de tener muy pulverizado su contenido abrasivo con el fin de no atacar el esmalte, el cuello, que es muy frágil, puede resultar perjudicado.

Para prevenir en lo posible las caries dentales pueden tomarse varias precauciones, que enumeramos a continuación:

a) Hacerse examinar la boca dos veces al año, de modo que se puedan cuidar las alteraciones desde la aparición de los primeros síntomas. Además, siempre es necesario que el dentista elimine el sarro periódicamente, pues este, que es un depósito calcáreo, debido a la saliva que cubre los dientes de una costra dura, constituye un peligro permanente de infección. Esto se debe a que, al retener las partículas alimenticias, favorece su alteración y, por lo tanto, las caries, la piorrea y el mal aliento. El sarro se desliza también por detrás de las encías y provoca alteraciones en la articulación dental, lo cual lleva consigo primero la descarnadura y a continuación la caída de los dientes y, como consecuencia de ello, una mala masticación, que provocará seguidamente trastornos digestivos…; en fin, toda una cadena de males. Los fumadores deben hacerse quitar el sarro con más frecuencia, ya que la nicotina se deposita en la base de los dientes y favorece enormemente su formación.

b) Reforzar la resistencia de los dientes por medio de cuidadosos cepillados, duchas carbogaseosas que tonifican las encías cuando empiezan a descarnarse y, sobre todo, una alimentación correcta, puesto que la alimentación afecta a los dientes, no solo por contacto directo, sino también de una manera general, ya que los trastornos nutritivos los hacen más frágiles y sensibles a los agentes exteriores.

El mejor régimen para mantener la dentadura sana es realizar una alimentación equilibrada, que contenga todo tipo de alimentos en las cantidades convenientes, repartidos en comidas regulares, sin “picar” nunca a deshoras (los helados, por ejemplo, entorpecen la digestión y por tanto también la asimilación). Es preciso evitar los excesos de glúcidos y de alcohol, ya que favorecen la aparición de las caries, no solo por contacto directo, sino también porque acidifican el medio bucal.

Los alimentos pegajosos o muy azucarados perjudican directamente los dientes, pues al comer caramelos, bombones, etc., la saliva azucarada baña los dientes y los restos se alteran; por eso hay que cepillarse en el cuarto de hora que sigue a su consumición. La costumbre de dar a los niños un dulce antes de acostarse ha provocado muchas afecciones de este tipo. No es que haya que renunciar totalmente a los dulces, ya que cierta cantidad de glúcidos es indispensable para el organismo, sobre todo en los niños, pero se pueden comer sin retenerlos demasiado tiempo en la boca y, sobre todo, lo más conveniente es consumir los alimentos azucarados en forma disuelta o líquida.

La manera de masticar desempeña también un papel muy importante en lo que a la salud de la boca se refiere. Masticar bien la comida facilita la digestión y, por tanto, permite mejor asimilación. Es inútil comer buenos alimentos si el organismo no puede aprovecharlos. La alimentación moderna, con frecuencia demasiado grasienta y blanda, no es precisamente la más adecuada, puesto que, según dicen los dentistas, hace falta comer “crudo”, duro, seco y fresco.

Otra costumbre muy frecuente, y no por eso menos desafortunada, es la de pasar bruscamente de una temperatura extrema a otra (por ejemplo, tomar un café hirviendo después de un helado), ya que el esmalte no resiste estas diferencias tan brutales. Y todavía otro consejo: no utilizar jamás los dientes como cascanueces, cortahilos o cualquier otro instrumento parecido.

Aun aquellas personas a quienes la naturaleza no ha dotado de unos dientes sanos y sólidos pueden, si observan estos cuidados, conservar el mayor tiempo posible una dentadura aceptable y con buen aspecto.