Belleza

Las cremas tratantes

Es muy agradable acariciarse el rostro con pétalos de flores, pero es mucho más eficaz cuidar la piel hasta darle la suavidad de un pétalo - Photo by ian dooley on Unsplash

Son, posiblemente, las que ofrecen mayores dudas en cuanto a su empleo, pues existe tal variedad de ellas, que la elección de la más apropiada para cada cutis supone un verdadero embrollo. Todas se jactan de ser «supernutritivas», «superasimilables» y «super todo». La lista de sus componentes es un derroche de imaginación que invita a soñar: jalea real, polen, germen de cereales, algas marinas, aceite de visón, de tortuga, de aguacate, etc. Pero el problema sigue en pie: ¿cuál es la mejor? ¿Hasta qué punto son efectivas? En realidad, se espera mucho de ellas, sin tener una idea muy clara de cuáles son sus virtudes, defectos y aplicaciones.

Las primeras cremas tratantes, o cremas de noche, pretendían tan solo dar a la piel la grasa que le faltaba y suavizarla, generalmente gracias a la lanolina. Pero con el tiempo se han ido volviendo más y más ambiciosas; quieren provocar alguna actividad de la epidermis, mantener la elasticidad de los tejidos, «nutrir», «revitalizar», «rehidratar», «combatir las arrugas», etc.

Son cremas de tipo «agua en aceite», más untuosas que las de base y con diversos elementos estimulantes, entre los que aparecen frecuentemente extractos de tejidos (conjuntivo, glandular, de placenta, embrionario, etc.).

Las más escépticas se preguntan si estas sustancias pueden hacer retroceder el tiempo y regenerar las fibras endurecidas o rotas y, en realidad, en cierto aspecto no les falta razón. Sin embargo, las mujeres que las emplean a título preventivo, siempre que sean cremas de buena calidad y adaptadas a su tipo de piel, conservan durante más tiempo una epidermis suave, tersa y de aspecto mucho más fresco que las que no lo hacen. Es verdad que las cremas no pueden hacer milagros, pero también es cierto que su empleo cotidiano y persistente mantiene en cierta medida la vitalidad de la piel y conserva el rostro con mejor aspecto.

Es muy difícil elegir entre ellas. Se ha llegado a establecer tal competencia entre los extractos activos de las plantas (la palabra natural que se emplea para calificar estas sustancias parece tener magia), los extractos de tejidos vivos de origen animal, los aceites, los productos de laboratorio, etc. que a veces se plantea un verdadero dilema.

La mayoría de las cremas contienen una serie de productos cuyos poderes se complementan mutuamente. Aunque resulta muy difícil establecer una jerarquía, las más convenientes parecen ser las cremas de hormonas, ya que la medicina actual ha comprobado la acción beneficiosa de las hormonas femeninas sobre muchas mujeres. Sus efectos más saludables son: retrasar el envejecimiento de la piel, aumentar sus reservas de agua, mantener la actividad de las capas profundas, estimular las secreciones grasas y, a la larga, afirmar los tejidos y atenuar ligeramente las arrugas.

De todas maneras, la composición de las cremas constituye casi siempre un secreto difícil de descubrir. Muchas de ellas dan nombres fantásticos e indescifrables a sus productos activos; otras que se dicen «a la jalea real» o a cualquier otra sustancia, puede que realmente la contengan en una cantidad aceptable de la misma, pero es también muy posible que solo lleven una porción ínfima. Así pues, el único modo de apreciar el valor de una crema es experimentarlo personalmente con su uso, pero esto lleva demasiado tiempo. La mejor solución es fiarse de una buena marca o seguir los consejos de un dermatólogo.

EMPLEO

En primer lugar, hay que eliminar del rostro toda huella de maquillaje o, de lo contrario, la crema no podrá realizar su función. También es importante realizar esta limpieza con un producto desmaquillante, porque si se hace con agua y jabón o cualquier otro producto graso de los que “parece que limpian”, la piel no puede asimilar la crema debidamente.

Basta con extender una pequeña cantidad de producto, pues la epidermis se satura enseguida y, desde el momento en que no es absorbida, la crema no hace más que perjudicar, entorpeciendo los cambios, abriendo los poros y asfixiando la piel, la cual reblandece al formar una capa grasa sobre ella. Estas cremas son muy penetrantes y atraviesan pronto la epidermis, así que, pasada media hora, lo mejor que se puede hacer es retirar la parte no asimilada con un pañuelo, pues conservarla toda la noche no serviría de nada.

Las cremas penetran mucho mejor después de un baño, una compresa caliente o un baño de vapor, ya que entonces los poros están abiertos. También va muy bien aplicar una mascarilla de caucho, que, al igual que las de plástico, los masajes con un aparato vibrocalentador y los palmoteos, facilitan la penetración de la crema.

Las cremas tratantes se aplican preferentemente por la noche, debido a que durante el descanso los músculos y nervios de la cara se relajan. Por la mañana, como durante el resto del día, los gestos que se hacen constantemente disminuyen el efecto. Por último, no hay que olvidar nunca la aplicación de un tónico después de retirar la crema pues es indispensable evitar que el relajamiento del cutis se alargue demasiado.

LAS CREMAS BASE

Las cremas base, protectoras, forman parte de los cuatro productos indispensables para el cuidado de la piel. Sin embargo, muchas mujeres parecen no darse cuenta de su importancia y se descuidan su empleo; por ejemplo, hay chicas y mujeres jóvenes que por tener la piel suave, tersa, fresca y bonita, se confían demasiado y “no ven la utilidad de ponerse potingues en la cara”. Hay también quienes consideran que el maquillaje colorante es suficiente protección y que no es necesario superponer capas de distintos productos. Tanto unas como otras deben recordar que la piel de la cara, por muy sana y perfecta que se tenga, es sumamente delicada y no puede exponerse sola a las múltiples agresiones de la vida cotidiana, ni recibir a palo seco los maquillajes, de por sí desecantes.

Las cremas de base protegen la piel contra las intemperies, cubren las imperfecciones, ayudan a mantener los polvos en buen estado y algunas incluso dan color.

Generalmente suelen ser emulsiones de tipo aceite en agua o cremas secas y, en efecto, es preciso que así sean, pues si fueran muy grasas la piel se asfixiaría. Deben, además, ser poco penetrantes a fin de que puedan formar una ligera capa protectora. Entre sus componentes grasos figuran los aceites vegetales y animales, el colesterol, la lanolina, la lecitina, derivados todos ellos de cuerpos grasos orgánicos que retienen el agua; la glicerina, muy ávida de agua, desempeña un papel rehidrante, y no hay que olvidar la vaselina y la parafina, sustancias inertes que sirven de aislantes pero que, precisamente por eso, son inasimilables y se les culpa de asfixiar un poco la piel.

Es muy agradable acariciarse el rostro con pétalos de flores, pero no sirve para nada. Es mucho más eficaz cuidar la piel hasta darle la suavidad de un pétalo.

A veces las cremas base contienen elementos nutritivos, lo cual es poco lógico, pues en ese caso o bien resultan demasiado penetrantes, con lo que se introducen en las capas profundas y pierden efectos protectores o de lo contrario se quedan en la superficie y tampoco cumplen su misión nutritiva.

Las cremas evanescentes (también llamadas “vanishing creams”), de un blanco opaco y aspecto níveo, con ultraligeras, se desvanecen sobre la piel y casi no se notan, lo cual permite un maquillaje muy ligero, pero sus efectos desecantes las hacen, en la mayoría de los casos, poco aconsejables.

Las cremas base colorantes, al igual que los maquillajes, no deben cambiar el tono natural de la piel, sino simplemente avivarlo un poco; por eso conviene elegirlas del mismo tono de la cara, pero un poco más intenso. Las bases incoloras son las más apropiadas cuando se quiere dar la impresión de ir muy poco pintada. Se aplican extendiéndolas sobre el rostro por medio de ligeros masajes circulares, sin pretender que la piel las absorba, sino simplemente unificándolas.